«El sol todavía no había tocado ese rocío escarchado de nuestras viñas, cuando terminaba de ajustarme el cordón de mi espardenya sentado en mi vieja silla de madera bajo la pérgola de cañizo que presidía la huerta de la familia. Al fondo, el mar Mediterráneo. Todavía con los huesos entumecidos por la humedad y frío invernal recojo mis tijeras y trinxets para comenzar con la poda de la vid.

Un par de horas más tarde mi mujer prepara los desayunos para mis cuatro hijos y su madre. El olor a café recién hecho me lleva hacia el interior, cojo mi tazón de siempre mientras comento con ellos lo que hay que hacer en la jornada. Nuestro sustento nos lo da lo que cultivamos en nuestro huerto personal y la venta de la Moscatel de Alejandría para vino y pasa.

El largo periodo de sequía de esta temporada va a complicar mucho la cosecha de este año y las lluvias torrenciales caídas un mes atrás me crea incertidumbre con la vendimia. Me cuesta dormir desde hace tiempo. Llevamos años viviendo con muy poco dinero y mis hijos mayores deben ayudar en el trabajo familiar, en lugar de centrarse en sus estudios.

Debo encontrar una solución rápida. Son muchas bocas que alimentar y pocos los recursos que tenemos. Ese día por la tarde en el bar un amigo me habla de un grupo de campesinos del pueblo de al lado que conseguían un buen dinero extra pescando por las noches en los acantilados atrayendo pesca de alto valor con una luz encendida. Los llama encesers y l’encesa el arte que practican. Pregunto más, tengo necesidad y esto podría ser mi solución.»